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AUSENCIA$

cronica · Ivana Lamas · 18 de mayo de 2026 a las 11:08:27 p.m.

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Cuento

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    "content": "<p>No quiere parecerse a ninguna ausencia. </p><p>Alicia se cepilla los dientes frente al espejo mientras esa aseveración recorre los recovecos de su mente y despierta en ella un miedo que le retuerce los nervios. Para olvidarse, aunque sea un segundo, de ese temor, mantiene la pasta dentro de su boca con el afán de sentir ardor y expulsarlo solo cuando ya no pueda más. </p><p>Termina por escupir. La pantalla de su celular se enciende con una notificación de Julieta. “Creo que se te va a declarar hoy. Mejor ni vengas” Alicia quiere concentrarse en el mensaje pero lo cierto es que sus ojos ignoran la notificación y se enfocan en el fondo de pantalla que no ha podido cambiar, que hubiera deseado jamás ponerlo, pero lo hizo antes de que ella faltara, antes de que se convirtiera en ausencia, y ahora, le parece un acto monstruoso quitar la fotografía donde su mejor amiga desaparecida la abraza con tanta fuerza que Alicia está por perder el equilibrio. Traga saliva. Piensa que es una de esas fotos que capturan momentos genuinos, donde las dos sintieron, aunque fuera por una milésima de segundo, que la vida sería estar así: juntas, divertidas, abrazadas, surcando la secundaria.</p><p>Sus pensamientos se disuelven cuando llega otra notificación, también de Julieta. “No manches, trae hasta un cartel, qué oso”. Alicia suspira, tuerce los ojos y elimina las notificaciones. En el fondo considera que Julieta es una <i>perra</i>, así tal cual. Fátima no está y ella finge demencia, como si siempre hubieran sido sólo ellas dos, y ahora se concentra en torturarla y hacerle la vida más complicada diciéndole que Raúl, el hermano de <i>ese</i>, quiere con ella, y que qué miedo, que mejor se cambie de escuela, que finja que es lesbiana. O no, que mejor lo acepte, que seguro si es la cuñada de <i>ese</i>, nada le pasará a ninguna de las dos. Cada semana cambia de opinión sobre el hecho de si Alicia debería estar o no con Raúl. </p><p>A Alicia no le gusta Raúl. En realidad, no le gusta nadie. A sus quince años sus preocupaciones no rondan en los novios y el romance, sino en cuidarse, siempre cuidarse, de no estar muy tarde en la calle, de no juntarse con gente que se lleve con <i>esos</i>, de no llamar la atención. Cuidarse. Cuidarse de no desaparecer. Se pone las calcetas azules, mientras sus dedos ajustan los pedazos de tela, reflexiona que desde que Fátima es una ausencia, ella, de alguna manera, también ha empezado a desaparecer.</p><p>Sale de casa, pasa por la tienda de Don Chuy, en cuyas paredes descansa un cartel impreso a color que reza: “¿Cansado de buscar? ¡Ven a Purgatorio!” Debajo de la propaganda yacen fichas de búsqueda. Alicia desvía la mirada y, de soslayo, alcanza a ver a <i>ese,</i> al tal Luis, hermano de Raúl, jugando en una máquina tragamonedas que titila en colores brillantes. Escucha sus maldiciones cuando pierde, patea la máquina. Lo ve, apenas por un segundo, hurgar en sus bolsillos. Alicia cree que va a sacar más monedas, pero en su lugar saca un imán. Alicia aprieta los labios, se ajusta la mochila, se va, aliviada, del hecho de que la atención de ese esté en cualquier otra cosa que no sea ella.</p><p>El celular de Luis suena cuando el imán está por cumplir su función y hacer que la máquina expulse cual vomito el montón de monedas que lleva adentro, fruto de la pensión de un montón de ancianos que van y gastan el dinero que les da el gobierno en ese juego estúpido. No quiere detenerse pero el celular que suena es el otro, el del patrón. Contesta con la voz más débil y aguda, como siempre que debe hablar con alguno de <i>ellos.</i> </p><p>—Ey, ¿qué pasó?</p><p>Las palabras siempre son concisas: Ven. </p><p>—Ey. </p><p>Cuelgan. Las monedas salen a borbotones. Don Chuy sale enojado. Luis mira las monedas en el piso y después al hombre mayor. No le importan sus gritos. Cuando este empieza a decirle que lo va a acusar, Luis se ríe.</p><p>—¿Con quién? —pregunta, de pronto muy serio.</p><p>Don Chuy se queda callado, sus ojos descansan en el bulto que sobresale de la espalda baja de Luis. Se muerde la lengua. “¿Con quién?” La pregunta ronda su mente. Pero la respuesta jamás llegará. </p><p>Don Chuy y Luis se miran unos instantes más, después, ambos se marchan. Uno regresa a la tienda, el otro emprende un camino lleno de pensamientos tortuosos hacia la bodega. </p><p>Bruno y Jaime están sentados frente a Luis, deben ganarle por un par de años, a lo mucho cinco, piensa Luis, quien se relame los labios resecos con la lengua inyectada de cerveza. Bebe desde temprano, le gusta sentirse en un estado de sopor. </p><p>Jaime pone sobre la mesa un montón de fotografías con nombres. Luis se hace el desinteresado. No son sus jefes, llevan más tiempo en el negocio, sí, pero ellos no serán quienes dictarán su destino. </p><p>—¿Estas morras qué o qué?</p><p>Bruno se encoge de hombros. </p><p>—Sabe —suelta junto a un espumarajo—. Chance vivas, chance muertas… el caso es que en su casa no están. </p><p>Luis frunce el ceño. Asiente. Piensa en Fátima, amiga de Raúl, o conocida, quien sabe, pero llegó a ir a su casa a comer alguna vez. Hace un par de semanas que su hermano le dijo que Fátima estaba desaparecida. Recuerda que no le importó, que pensó que seguro ya estaba en otro estado. “Muerta no creo” dijo “¿De qué sirven muertas?” Y Raúl apretó los puños. Hubieran peleado de no ser porque en ese momento sonó el celular del patrón. </p><p>—¿Y eso qué o qué?</p><p>—Pues que por estas morras ofrecen una buena lana…</p><p>—¿Por encontrarlas?</p><p>Jaime ladea la cabeza y chista con la lengua. </p><p>—O a alguien similar. </p><p>Luis frunce el ceño.</p><p>—El negocio está sencillo. Buscamos en las fosas y vendemos los cuerpos, igual, la mayoría de esos monos están ahí por nosotros. </p><p>Luis no entiende nada, no quiere entender nada. Ojalá hubiera bebido más. O no. Mejor así. Luego se le suelta la lengua.</p><p>—¿Buscamos muertas, entonces? —inquiere Luis, después suspira— Para eso ya está ese pinche lugar de Purgatorio. </p><p>Bruno azota la palma en la mesa. Luis tiene el impulso de sobresaltarse pero algo que se ha acostumbrado, muy dentro de él, a los exabruptos, le permite quedarse muy quieto. </p><p>—Por eso tarado, nos están comiendo el mandado. Nosotros les estamos regalando esa lana… si somos casi casi los proveedores y no nos toca nada. </p><p>Provedores de muerte. Luis mastica la idea, asiente, tiene sentido, por un segundo piensa en la gente de Purgatorio, no los conoce, pero se le hacen bastante gandallas. “Míralos nomás, qué listos” niega con la cabeza.</p><p>—Ey, sí cierto. ¿Entonces qué?</p><p>—Pues ya te dijimos, wey… vas a empezar a buscar muertitas que se parezcan a esta gente, porque por estas hay lana de por medio. </p><p>—¿Las madres pagan?</p><p>—Sí… ya nos pasaron el pitazo. Así que eso quiere el patrón. </p><p>Luis asiente. </p><p>El cuerpo inerte se suspende en el aire, los músculos de los brazos se tensan al grado que parece que van a desprenderse del torso. Luis, por un momento, tiene miedo de que se rompa el cadáver, piensa que así valdrá menos, piensa que así su patrón no lo subirá de rango, piensa, claro está, que nadie quiere un cadáver mutilado. Sin embargo, sus manos, que cuentan tan solo diecisiete años, se aferran a la batalla feroz contra Margarita, una madre que cree haber encontrado al hijo de su compañera de búsqueda, Fabiola. </p><p>—Ya suéltelo, doña, neta…</p><p>Margarita se resiste. Las sombras que proyecta el sombrero que porta en la cabeza le distorsionan la mirada y parte del rostro. La oscuridad oculta sus facciones, sus ojos cansados, los labios deshidratados. Luis da un último tirón y se hace con el cuerpo. Cae al suelo. Margarita se abalanza, pero Luis, harto, saca una pistola. No está cargada, pero eso ella no lo sabe. Nadie nunca lo sabe.</p><p>—Ya estuvo, vieja loca… Este es mío.</p><p>Luis voltea la pistola en un gesto rápido y señala el paisaje árido lleno de excavaciones. </p><p>—Allá hay más, váyase a buscar. </p><p>Margarita se apresura a decir algo, pero siente la garganta seca, pastosa, incluso percibe un ligero sabor a sangre. Entiende que se acabó, que las palabras, el lenguaje, ese lenguaje tan suyo, tan versátil, que tanto le gusta, no la ha acercado, ni una sola vez, al final de su búsqueda. Las palabras ya no importan, nunca lo hicieron. </p><p>Se da media vuelta, no sin antes dedicarle una mirada lastimera a Luis y concebir la terrible certeza de que, algún día, será él quien descanse en una fosa. Se le revuelve el estómago. No quiere eso, pero tampoco encuentra manera de evitarlo. Así cómo no encontró manera de evitar perder a su hija. </p><p>Alicia camina de regreso a su casa. Evita la tienda. Tiene la sensación ominosa de que podría encontrarse a <i>ese</i>, y lo detestaría con todas sus fuerzas. Ya suficiente ha sido con tener que decirle a su hermano que será su novia ni hoy ni nunca, y ver sus ojos castaños convertirse en dos lucernas llenas de rencor. El amor se le escapó de una. Alicia se imaginó un globo desinflándose cuando le dijo que no y el rostro de Raúl mudó de expresión de una manera tan fugaz que a ella la recorrió un escalofrío. “Da más miedo que su hermano”, pensó.</p><p>El sendero que Alicia recorre para evitar encontrarse a quien pudo haber sido su cuñado, la conducen hacia él. La calle desemboca en una camioneta negra donde Luis espera que se ponga la luz verde. Este voltea a verla. Ella se queda sin aliento. Es tan sólo un segundo. Ninguno se reconoce en la mirada del otro. </p><p>Luis llega a comer a su casa. Está de mal humor, mientras mastica el caldo de pollo que le hizo su mamá se queja de su trabajo.</p><p>—Pinche día más pendejo, la neta —menciona con la intención de que su madre ahonde que, por una vez en su vida, le pregunte de dónde saca tanto dinero, de dónde vienen las cosas: la tv, la computadora, los tenis del baboso de su hermano, pero, en su lugar, recibe una palmada en el hombro—. Al chile ya estoy bien harto. </p><p>Y lo está, pero aunque su día haya sido malo, jamás superará las emociones de un adolescente de quince años que entra por la puerta con un cartel arrugado y un ramo que ha comenzado a marchitarse. Porque hay malos días, pero ninguno es peor, o eso piensa Raúl, que el día en que la compañera de la escuela que te gusta te rechaza frente a todos. </p><p>—Pinche morra… —exclama con desazón.</p><p>Luis, con una rabia desmesurada, contempla cómo su madre corre a consolarlo, a llenarlo de mimos y preguntas. Que si qué le pasó, que si le dijo que no, que qué niña tan más tonta, que él es un partidazo. </p><p>—¿Partidazo? —pregunta Luis entre risas— Si las pinches flores se las tuve que disparar yo, no mames. </p><p>Su madre lo ignora, pero Raúl no. Él, en cambio, lo mira con interés renovado. </p><p>—Hablas como si todas las viejas quisieran contigo. </p><p>Luis se encoge de hombros.</p><p>—Pues al chile sí… seguro hasta esa morra que te dijo que no me la traería cortita.</p><p>—Luis Alberto, ya estuvo bueno… Estás de malas, pero esa no es razón para tratar así a tu hermano. </p><p>Luis se pone de pie tan rápido que la silla cae al suelo. Chista con la lengua, agarra las llaves de la camioneta y se va. </p><p>La madre de Fátima come seguido con Alicia y su padre. La mujer no tiene el menor interés en el hombre, es en Alicia donde reside todo. Ella se porta servicial, amable, incluso procura ser cariñosa de vez en cuando. Siente que debe jugar a ser la hija de una madre que no es su madre. No le gusta, pero algo en ella sugiere que es lo correcto. </p><p>La madre de la ausencia le acaricia el rostro a veces y llora. Dice que extraña a Fátima. Dice que se parecen. Pero Alicia se recoge el cabello detrás de las orejas y señala que Fátima era mucho más bonita, más alta, más delgada, era más. Pero la madre insiste, y sus caricias se vuelven frenéticas al grado e lastimar a Alicia. </p><p>El padre interviene. Rescata a su hija, la aparta del duelo de la mujer, quien termina por entender que ya debe irse. </p><p>Alicia se siente sola. Quisiera contárselo a Fátima, pero en su lugar solo está Julieta. Le llama por teléfono y le cuenta lo que pasa, buscando complicidad, entendimiento, lo que sea. Julieta la escucha, dice que esa mujer está loca, que se la tragó la tristeza.</p><p>—A mí también —susurra Alicia.</p><p>—¿A ti también qué?</p><p>—A mí también me comió la tristeza —concluye Alicia.</p><p>Julieta, incómoda, busca cambiar el tema. Hablan unos minutos más y la otra se excusa, que ya es tarde, que debe cenar, que sus papás quieren hablar con ella, y cuelga. Alicia cierra los ojos y duerme. Sueña que le presta su cuerpo a Fátima para habitar el mundo otro día.</p><p>Julieta le cuenta a todos en la escuela lo de Alicia, lo de la madre y la ausencia. Raúl escucha y considera que es momento de emprender. Sabe que <i>esos</i> van a su casa los miércoles. Luis lo odia, pero es una suerte de rutina que han ido forjando, sabe que si busca la oportunidad, la obtendrá. Sabe que su madre no estará, no porque tenga que hacer algo en especial los miércoles en la noche, más bien ella busca ocuparse para no estar. </p><p>La voluta de humo asciende de los labios de Luis y emborrona la silueta de Raúl, quien se mantiene de pie frente a Bruno y Jaime. </p><p>—Suéltalo ya, pues, ¿cuál es tu gran idea? —se burla Bruno.</p><p>—Ya. Raúl, déjate de mamadas —añade Luis.</p><p>Raúl carraspea. El humo le pica la nariz. Hace una nota mental: aprender a fumar. Después, los mira directamente. </p><p>—Sé lo que están haciendo.</p><p><i>Esos</i> se miran por unos segundos, después sueltan una risotada. </p><p>—Wow, Raúl, neta que estás bien pendejo… —menciona Luis con disgusto. </p><p>—Pierden el tiempo… pueden hacerlo mejor.</p><p><i>Esos</i> se callan, lo miran. </p><p>—¿Dices que tienes mejores ideas que nosotros? ¿Que le sabes mejor al negocio?</p><p>—Ustedes están vendiendo muertos… —traga saliva— mejor vendan vivos y los convierten en muertos. </p><p>Luis quiere quedarse quieto, de verdad, pero en su lugar se levanta y golpea a Raúl. No lo odia, no le tiene rencor, solo quiere que se calle, que se guarde sus palabras antes de que pueda dejar de emitirlas. </p><p>Bruno aleja a Luis de Raúl. Toma al adolescente. </p><p>—¿De qué estás hablando?</p><p>Raúl se limpia con el dorso de la mano la sangre que escurre de su nariz. </p><p>—En la escuela desapareció una morra…</p><p>—Raúl, ya cállate —ordena Luis.</p><p>Jaime agarra a Luis de los hombros y con fuerza lo tira al sofá para que se calle.</p><p>—Y hay otra vieja que se llama Alicia. Todos siempre decían que si eran gemelas, que son súper parecidas. La Fátima era fresona… su mamá tiene varo, y el otro día le dijo a Alicia que se parece mucho a su hija…</p><p>—No mames, Raúl… —A Luis se le agotaron las palabras. Ya no importa. Su hermano está perdido. </p><p>—¿Y? —presiona Bruno.</p><p>—Pues denle a Alicia… estoy seguro de que pagaría una lanota. </p><p>Bruno y Jaime se miran, sus ojos brillan con algo que Raúl reconoce en sí mismo: ambición. </p><p>—Si hacemos eso, no tenemos por qué subirlo… seguimos con lo de los muertitos y por afuera hacemos este business… —calcula Bruno. </p><p>Jaime asiente.</p><p>—Se los va a cargar la verga —sentencia Luis.</p><p>—Y a ti también si dices algo —espeta Jaime. </p><p>Luis le dedica una última mirada a Raúl. No puede evitar imaginarlo en los brazos de su madre, muerto. El negocio no es para todos, no es para gente como Raúl, como él duran muy poco. Aprieta los labios. Se convence de que no es su culpa, que él se metió solo. </p><p>—Arre pues, mijo, tú cárgate a la morra y nosotros nos arreglamos con la doña…</p><p>Raúl traga saliva, tiembla un poco.</p><p>—¿Y de a cuánto nos toca? </p><p><i>Esos</i> se ríen.</p><p>—Ahora nos vamos michas porque fue tu idea, ya después vamos viendo. </p><p>Bruno le da la pistola de Luis a Raúl, este la sostiene fingiendo valentía. Asiente. </p><p>Al día siguiente Raúl tomará la pistola que dejó sobre el buró la noche anterior. Alicia saldrá de su casa cuidando su pasos. Y la muerte será la sombra de los tres. </p><p>Después, en un velorio a puerta cerrada, la madre de la ausencia llorará a su hija sobre un cuerpo prestado. Y un padre empezará a buscar. </p>",
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